Episodio 3.

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Episodio 3.

A la mañana siguiente al ataque, en los montes aledaños a Granada, una patrulla militar se encuentra con la joven cristiana, desvanecida sobre el lomo de un caballo que avanza a paso lento.

Aturdida, la muchacha no consigue dar una explicación coherente sobre su presencia en la zona e inmediatamente es conducida al palacio del rey.

Llevada ante la presencia del monarca, que se encuentra rodeado de los principales del reino, la doncella muestra una seguridad que impresiona casi tanto como su belleza. Altiva, mira a los hombres de frente, y responde imperturbable al interrogatorio al que la somete el rey y el visir. Todos quedan prendados de ella, en particular Yusuf, que cae rendido ante sus encantos. No obstante, sus respuestas abren interrogantes y despiertan susceptibilidades en el visir y demás nobles. Según su relato, ella es hija de un poderoso caballero de Cieza, caído en desgracia por apoyar a los bastardos pretendientes al tono de Pedro I de Castilla, y su presencia en tierras granadinas obedece a una huida desesperada para evitar las represalias reales. Cuenta también que, en las cercanías de Guadix, el cielo se enfureció de pronto, y un ejército de olivos arremetió violentamente contra su carroza y la escolta que la acompañaba. A partir de allí ya no recuerda nada, salvo imágenes inconexas de soldados muertos y algunos gritos de dolor de quienes sobrevivieron.

El rey está más interesado en la belleza de la muchacha que en su narración, así que pronto da por terminada la audiencia y manda desalojar la estancia, no sin antes ordenar que las odaliscas de su harén se ocupen de asear y vestir a la forastera. Yusuf está tan prendado de la hermosa cristiana, que desea quedarse a solas y pensar en cómo cortejarla. A la tarde, cansado ya de fantasear, y necesitado de compartir con alguien la turbación que le produjo el encuentro, el monarca abandona sus aposentos y va en busca del mago, con el ánimo de confiarle sus sentimientos y solicitar consejo. Los dos hombres pasean largo rato por los jardines del palacio y conversan animadamente, sin percatarse de que un soldado, oculto tras los árboles, no pierde detalle de la escena.

Esa misma noche, el soberano invita al hechicero y a la princesa a cenar con él en palacio y los tres se reúnen alrededor de una mesa espléndidamente dispuesta.

Absorto en los manjares y su súbito enamoramiento, el monarca no se percata de las miradas que ésta y el mago intercambian incesantemente. Yusuf sólo está interesado en impresionar a la muchacha y junto a las fuentes de los más exquisitos manjares que encargó expresamente para la ocasión, se acumulan caros regalos con los que pretende seducirla. Pero ella apenas repara en ellos, y no tiene otro gesto hacia Yusuf que deleitarlo con el tañido de su arpa, instrumento que toca con tal virtuosismo, que los hombres caen dormidos en un placentero sueño.

A la vez que en palacio tiene lugar tan agradable velada, en otros lugares de la ciudad no dejan de suceder cosas. Por una parte, el visir, celoso de sentirse desplazado en el favor real, acude nocturnamente a la Madrasa a presentar sus quejas a los dignatarios de la misma. Por otra, en lo más apartado del Albaycín, un grupo de hombres penetra sigilosamente en el barrio descubriendo, involuntariamente, varias cruces roja bajo sus ropas en apariencia árabe. A pesar de su anhelo por pasar desapercibidos, un hombre, asomado a la ventana de una casa cercana, lo observa todo atentamente. Se trata de Irví Ibn Washin, el Maju.