Episodio 4.

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Episodio 4.

El mago y la princesa han congeniado, y sus paseos por el jardín se suceden. Esto provoca la furia del rey, alimentada no sólo por sus propios celos, sino también por los intencionados comentarios del visir, que ve en ello una magnífica oportunidad para recobrar el favor del monarca, menguado desde la aparición de Abul Eben. Como medida previsora para impedir los encuentros, Yusuf, asesorado por su valido, ordena poner guardia ante la residencia del hechicero, con orden expresa de evitar el acceso y salida de nadie. Pero de poco sirve la medida; la magia del brujo es poderosa, y basta con un simple conjuro para que los soldados que vigilan la puerta caigan rendidos en un pesado adormecimiento. De este modo, no sólo Abul Eben visita frecuentemente a la princesa en sus aposentos, sino que también sus ayudantes entran o salen cada vez que les hace falta.

En este ambiente enrarecido, donde la animadversión del rey y del visir hacia el mago van en aumento, y lo mismo ocurre en sentido contrario, la tensión flota en el ambiente. No hace falta ser un visionario para adivinar que algo grave, en forma de tragedia, está a punto de suceder. Y así ocurre. Una noche, el visir Abulafia aparece envenenado en su alojamiento.

El monarca monta en cólera tras el asesinato de su favorito, y sospecha que la mano del brujo está detrás de todo. Sin embargo, Yusuf teme el poder del mago, y evita enfrentarlo cara a cara. Tampoco tiene pruebas que avalen sus sospechas, así que intenta convencerse, más para aliviar su conciencia que por verdadera convicción, de que cualquiera puede ser el asesino.

Abul Eben no sólo es el inventor del poderoso artificio mágico que protege a Granada de los enemigos externos, sino también un hombre poderoso que puede suponer una amenaza para su reinado. Por eso Yusuf decide que el nuevo visir será un hombre que imponga mano dura y sirva de contrapeso al creciente empuje del mago. El elegido, a propuestas de la Madrasa, resultará ser el general Yafar, jefe de su ejército.

Tan cegado está el monarca por el amor hacia la cristiana, y por el creciente odio hacia Abul Eben, que ni sospecha la presencia de un grupo de soldados castellanos en el mismo corazón de su reino: un puñado de hombres que se preparan para algo, como demuestran sus habituales ejercicios de armas, y el hecho de que hayan quemado sus ropas de camuflaje y ya no escondan sus habituales vestimentas decoradas con cruces.

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