Episodio 5.

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Episodio 5.

En la aparente soledad de la periferia del Albaycín, amparados por la noche, el extraño grupo de cristianos se afana en fatigosos ejercicios militares. Su porte, y la suprema habilidad con la que se entregan al adiestramiento, los define como soldados de élite, experimentados en sinfín de batallas. Tan concentrados están en sus quehaceres que no advierten cómo, día a día, son observados desde una ventana cercana por otro particular vecino del barrio: Irví Ibn Washin, el Maju.

Pero no sólo los soldados cristianos se preparan para alguna misión. También el resto de protagonistas se muestran activos. Como el nuevo visir, que acude de incógnito a ver al Maju. Yafar, a pesar de su cargo, es un hombre sencillo, un hombre del pueblo a quien nadie regaló nada. Su ascenso social se debe a méritos propios, y no por parentesco con el monarca o por tener orígenes nobles. Es su procedencia plebeya la que le ha hecho un hombre supersticioso, y como tal visita ocasionalmente al Maju, hombre sabio a quien las gentes sencillas de la ciudad acuden en demanda de revelaciones y vaticinios.

En cuanto al mago, que permanece recluido con sus colaboradores, bajo la constante vigilancia de varios soldados, continúa burlando la guardia siempre que desea. Una de tantas noches, tras los efectos soporíferos del conjuro, Abul Eben y uno de sus hombres salen por la puerta, pero mientras el primero se dirige a los aposentos de la princesa, el segundo escala la muralla, valiéndose de unas enredaderas, y se desliza al otro lado del recinto de palacio. Es esa misma noche cuando el hechicero confiesa a la muchacha su intención de derrocar a Yusuf I y hacerse con el poder del reino, siendo ella la reina que ha de acompañarlo. Conocedor de las naturalezas humanas, ninguna sorpresa se dibuja en el rostro del mago cuando la expresión de la cristiana se tuerce en una sonrisa perversa, cargada de ambición y ansiosa de poner en práctica la traición. Ella es la cómplice perfecta, además de la mujer de quien está enamorado.

Muy poco después de que el brujo revele los pormenores de su plan a la doncella, un sujeto, ataviado con capa y capucha negra, se persona en la lejana casa del Albaycín donde se refugian los cristianos. Su llamada a la puerta interrumpe los ejercicios militares que, como cada noche, acometen los ocupantes de la vivienda. Al abrirle, el visitante pide hablar con el jefe del grupo, y hace entrega un anillo perteneciente a la princesa, como revela el escudo de los Salazar grabado en su superficie. Inmediatamente el extraño es invitado a pasar, e instantes más tarde se halla en animada conversación con el capitán de los soldados.

Al día siguiente, el visir y el rey se presentan de improviso en la Madrasa, caracterizados como humildes ciudadanos y penetrando en el edificio por una secundaria puerta lateral. Una vez dentro, son conducidos por un criado a presencia de los más altos dignatarios de la institución, que los aguardan reunidos en torno a una amplia mesa. Tras las reverencias habituales, Yusuf cede la palabra a su valido quien, aludiendo a "fuentes confidenciales", comparte su certeza de que graves peligros se ciernen sobre Granada.