Episodio 1.

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Episodio 1.

Como presagiando los acontecimientos fantásticos que comenzarán a tener lugar en la ciudad a partir de entonces, esa noche el cielo aparece cubierto de una inhabitual y resplandeciente gama de colores, y las nubes se arremolinan caprichosamente alrededor de la torre, transportadas por un fuerted viento que cruza la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Todo conforma una atmósfera de enigma e irrealidad que provoca una mezcla de temor y curiosidad en los habitantes de Granada. En particular en aquellos que han sido convocados por el mago para asistir a la revelación del secreto celosamente guardado. Únicamente el hechicero mantiene una sonrisa perenne en la boca, disfrutando del desasosiego expresado en los rostros del rey, visir, soldados y notables reunidos en el patio aledaño a la torre.

En aquel clima de intranquila expectación, varios rayos rasgan el cielo y descargan sobre el exótico artilugio instalado en lo alto de la torre - una especie de veleta con forma de jinete moro sobre un caballo - obligándolo a dar varias vueltas antes de que de él mismo parta otro rayo, en dirección contraria y ascendente. Instantes después la veleta se detiene, marcando una dirección concreta en el horizonte.

Los presentes quedan aterrados, y el rey rastrea la mirada del mago en busca de una respuesta. Éste capta enseguida las intenciones del monarca, y con un gesto le invita a seguirlo, a adentrarse con él al interior de la torre, a las entrañas mismas de la maquinaria que hará del reino nazarí una plaza inconquistable. Yusuf, dócil y cauteloso, obedece a Abul Eben y se adentra en la cámara. Al entrar, sus ojos se enfrentan con un decorado que lo deja aún más perplejo de lo que ya estaba: el suelo está constituido por un cuadriculado juego de baldosas blancas y negras sobre el que se alzan figuras metálicas imitando a figuras de ajedrez. La diferencia es que éstas son de gran tamaño y guardan un inquietante parecido con seres humanos.

− Mueva una pieza, alteza, una de las que van ataviadas con uniformes de los nuestros - le ordena el mago

El monarca duda, mira las fichas con detenimiento (unas ataviadas con cruces y capas blancas, y otras con medialunas y turbantes) y con las dos manos hace avanzar un alfil árabe sobre un caballo cristiano.

A partir de este primer movimiento, las fichas parecen cobrar vida propia, y sobre el tablero se desarrolla una peculiar danza, donde jinetes, torres, peones, alfiles, damas y reyes empiezan a moverse en apariencia armónicamente, escenificando un implacable avance de las figuras árabes sobre las cristianas. Cuando la partida parece decidida, un atronador rayo parte del tablero, sale por una de las ventanas, e impacta en la veleta instalada en lo alto de la torre. El susto es tremendo: el soberano se arrima a la pared, y los congregados fuera del edificio se tiran aterrados al suelo. A lo lejos, los habitantes de la ciudad se agarran la cabeza con las dos manos y comienzan a rezar lo primero que se les ocurre.

Mientras eso ocurre en la capital nazarí, en los alrededores de Guadix, una columna cristiana, constituida por la carroza de la doncella cristiana y veinte caballeros a caballo, es atacada por rayos, un viento huracanado y un ejército de olivos que se despegan de sus raíces y saltan con furia sobre los jinetes. La confusión en el bando castellano es total, y las bajas importantes. Sorprendidos por el ataque, e incapacitados para defenderse ante semejantes enemigos, la tropa sólo puede emprender una huida desesperada y buscar refugio en las oquedades de la montaña.

Cuando todo pasa, los supervivientes, maltrechos y malheridos, se reúnen en un claro del bosque, aún mudos por el miedo pasado y la falta de una explicación coherente a lo sucedido. Pero pronto abandonan su ensimismado silencio, y se afanan en buscar a la muchacha que no aparece. No la hallan por ninguna parte, y sólo consiguen dar con una única pista; unas huellas frescas de caballo y un rumbo... el de Granada.